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miércoles, 21 de enero de 2026

Al este del viñedo

Al este del viñedo



La casa y el valle

En un recodo olvidado de La Rioja, donde el viento seca los viñedos y los muros de piedra parecen sostener siglos de silencio, los Moreno levantaban su casa como si quisieran desafiar al tiempo. Don Julián Moreno, hombre de manos duras y corazón implacable, creía que la vida solo valía si se imponía, y que la bondad era un lujo que debilitaba. Su esposa, Carmen, mantenía la casa con su paciencia y su discreción, sin que nadie jamás notara el peso de su sufrimiento. La casa de los Moreno, vieja y severa, parecía surgir de la misma tierra, con muros de piedra gruesos y ventanas que miraban al valle como ojos cansados. Don Julián Moreno, de rostro anguloso y manos duras, decía siempre que la vida solo valía si se imponía. Carmen, su esposa, sostenía la casa con paciencia y silenciosa constancia, enseñando a sus hijos que la fuerza no siempre se muestra con gritos, sino con la firmeza de cada acto cotidiano.
—Luis, Gabriel —decía Carmen con voz tranquila, mientras los niños correteaban entre las cepas—. La vendimia espera, y no se puede mendigar por la tierra. Cada racimo lleva su precio.
Luis, alto y fuerte, se inclinó sobre una cepa y arrancó un racimo con brusquedad.
—Yo pago la tierra con trabajo, madre. No necesito enseñanzas.
Gabriel, más pálido y pensativo, observaba los surcos y murmuraba:
—No es solo trabajo… la tierra escucha, y recuerda.
Don Julián lo miró con ceño fruncido:
—Recuerda lo que quieras, Gabriel, pero yo solo veo la fuerza. Y quien no la tiene, pierde.

La herencia del carácter

Los años fueron marcando a los hermanos como surcos en la tierra. Luis aprendió a imponer su voluntad en todo: en los trabajadores, en los vecinos, incluso sobre su hermano. Gabriel se refugiaba entre las viñas, con libros robados a la biblioteca del pueblo y las lecciones calladas de Carmen.
—Luis —le dijo una vez Gabriel, mientras recogían uvas bajo el sol del mediodía—, no todo lo que se toma con fuerza permanece.
—Eso lo dice un débil —respondió Luis, lanzándole una uva con precisión—. Aprende que quien no domina, siempre queda atrás.
Los viñedos crecían como testigos silenciosos de la tensión, enseñando que la tierra no olvida ni perdona, y que cada acción deja su marca.

 Amores imposibles

Luis encontró en Juana una aliada. Firme, astuta, y con la mirada clara, comprendía su ambición y compartía su dureza. Gabriel, en cambio, descubrió el primer amor verdadero: Elisa, hija de una familia enemiga de los Moreno. Su relación era clandestina, silenciosa y llena de riesgo, enseñándole a Gabriel que el mundo no siempre recompensa la bondad.
—Elisa —susurraba Gabriel entre las cepas, mientras la brisa mecía los racimos—, si alguien nos descubre, todo esto se acabará.
—Lo sé —respondía ella, rozando sus manos con las de él—. Pero prefiero arriesgarlo todo a no sentir nada.
Luis, enterándose de rumores, frunció el ceño y golpeó la mesa:
—¿Quién osa manchar el nombre de los Moreno? ¡Ese amor no puede existir!

La batalla de la vendimia

El invierno trajo heladas tempranas y una cosecha escasa. Luis exigía el control absoluto de los viñedos, y Gabriel, por primera vez, se rebeló. La discusión duró todo el día, entre barriles, surcos y hojas secas.
—¡Te ordeno que escuches! —gritó Luis, empujando un racimo al suelo.
Gabriel, firme, replicó:
—No obedeceré, Luis. La tierra y la verdad no se compran con gritos.

Carmen, que había seguido la discusión desde la puerta, suspiró:
—Cada uno tiene su camino. La fuerza no siempre gana, y la bondad no siempre pierde… pero ambos dejan cicatrices.
Don Julián, con la espalda encorvada por los años, comprendió que su esfuerzo por imponer un destino había fracasado. La fuerza no puede decidir la conciencia.
Capítulo 5: Decisiones y consecuencias

Los años siguieron su curso. Luis consolidó su poder sobre los viñedos y su familia heredó su carácter: obstinación y dominio. Gabriel, con pocos hijos pero de corazón claro, cultivaba la tierra con paciencia, enseñando a quienes quisieran escuchar que la bondad tiene un precio invisible.

Se sucedieron traiciones y pérdidas, amores imposibles y secretos revelados. Cada acción marcaba los viñedos, como cicatrices en la tierra. Gabriel entendió que la vida no se corrige con castigos, sino con elecciones conscientes, mientras Luis descubrió, demasiado tarde, que la fuerza no siempre gana y que algunas pérdidas pesan más que cualquier victoria.

La última vendimia

Una tarde de otoño, los hermanos se encontraron en los surcos para la última vendimia de Don Julián. La tierra olía a uvas maduras y polvo, y el viento recorría los viñedos con un sonido parecido a susurros.
—Luis —dijo Gabriel con firmeza—. Todo esto, lo que heredamos… no es solo trabajo. Es elección.
Luis bajó la mirada, sin responder. Comprendió que había pasado la vida luchando contra algo que no podía vencer: la conciencia del hermano, la bondad de la tierra, la verdad que nunca se impone.
El sol se hundió entre los viñedos, tiñendo las cepas de rojo y oro. Carmen, desde la casa, miraba en silencio, consciente de que la historia de los Moreno se repetía en cada generación: la lucha entre fuerza y conciencia, orgullo y bondad, destino y libertad.
Y así, entre los surcos de los viñedos y el viento del valle, los Moreno continuaron su historia: trabajando, amando, peleando y eligiendo, mientras la tierra guardaba cada secreto, cada error y cada esperanza, como un testimonio silencioso de lo que significa ser humano.



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