TODO EN TU MENTE
(Versión libre y adaptada sobre la letra de la canción)
Caes en el sueño ajeno,
hoja que el viento arrastra
sobre tierras secas y llanas.Despertarás cuando tu alma
quiera aprender;
no puedes robar la imaginación
ajena.Mira la verdad,
o tu futuro arderá
como el sol que muere
tras la llanura.Vuelas alto, ave,
tocando el cielo un instante;
tal vez sientas alivio en el aire,
pero se nota tu caída,
pues todo…
todo está en tu mente.Cada viaje sacude tus sentidos,
como río que despierta piedras dormidas.
El tiempo no vuelve,
pero sabrás avanzar
cuando descubras que no hay mentira:
todo está en tu mente.Al salir al mundo, extenso y silencioso,
toma aire,
no dejes que te pierdan
los caminos torcidos.Hay miradas bajas, crueles,
que buscan engañarte,
y ojos hipnóticos
siguen tu paso
como sombras entre trigales.Vuela, ave,
sobre campos y cielos;
se nota tu tristeza
en la caída,
pues todo…
todo está en tu mente.
Cada viaje despierta tu ser,
y aprenderás a seguir
al comprender que no hay engaño:
todo está en tu mente,
todo… en tu mente.
La llanura interior
Caíste sin ruido en el sueño de otro, como quien no pesa lo suficiente para dejar huella. Eras apenas una hoja desprendida, viajera involuntaria, empujada por vientos que no preguntan ni explican. La llanura, seca y antigua, te recibió con la indiferencia solemne de lo eterno, y allí comprendiste que no todo descanso es despertar, ni todo viaje pertenece al que camina.
El alma, celosa maestra, no concede lecciones antes de tiempo. Hay imaginaciones que no se toman prestadas, porque nacen del silencio interior y no del deseo ajeno. Quisiste mirar sin ver, huir sin avanzar, y la verdad —como sol poniente— empezó a arder en el horizonte de tu porvenir. No castiga: ilumina hasta quemar. Y en ese fulgor aprendiste que negar la luz no apaga el día, solo lo vuelve más cruel.
Te alzaste entonces, ave de instante, rozando el cielo con la osadía del que confunde altura con salvación. El aire alivió por un momento la herida, pero la caída ya estaba escrita: toda huida que no nace del conocimiento regresa al origen. Cada trayecto sacudió tus sentidos como río impaciente, despertando piedras que creías muertas, recordándote que el tiempo no se arrodilla ante nadie.
Al salir al mundo —amplio, callado, vigilante— respiraste hondo. Supiste que los caminos torcidos no siempre se reconocen por sus curvas, sino por las miradas que los custodian: bajas, duras, engañosas. Ojos que prometen abrigo y solo ofrecen sombra. Entonces volviste a volar, no para escapar, sino para comprender.
Y al fin lo supiste, sin estruendo ni orgullo: no había mentira fuera, ni enemigo oculto. Todo ardía, caía, volaba y dolía dentro de ti. Porque el viaje, como el destino, no estaba en la llanura ni en el cielo, sino —irremediablemente— en tu mente.
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