El último expediente
A Antonio García —aunque en la nómina del Ayuntamiento figuraba como Antonio García Pérez, nivel 22— lo habían ido borrando de la vida a fuerza de sellos, carpetas verdes y pasillos con olor a café requemado. Jefe de sección en Urbanismo, trabajaba en un despacho sin ventanas de la plaza de la Villa, donde el tiempo no avanzaba: se apolillaba. Bajo fluorescentes moribundos, Antonio despachaba las quejas vecinales como quien espanta moscas en agosto, con frases de manual y una rutina tan afilada que ya no cortaba nada: «No es competencia de esta sección», «Vuelva usted mañana», «Falta un informe».Madrid podía caerse a pedazos entre papeles timbrados, pero él seguiría firmando con la misma tinta azul y el mismo cansancio antiguo.Viudo desde hacía años, vivía en un piso gris de Carabanchel con su hijo Luis y su nuera Marta. Ellos hablaban de hipotecas, de ascensos y de cambiar el coche; Antonio escuchaba con atención educada, como quien asiste a una conversación ajena. Luis lo estimaba por la seguridad que representaba. Marta lo trataba con una corrección distante. Antonio lo entendía. Y callaba. Había aprendido que el silencio, bien administrado, también es una forma de orden.Un día el cuerpo de Antonio rompió la monotonía y decidió pronunciarse: un dolor persistente, hondo, instalado en el estómago como una advertencia tardía. En el hospital, los médicos hablaron con frases cuidadosas y miradas que esquivaban la verdad, pero Antonio, funcionario viejo y lector experto de silencios, entendió lo esencial: cáncer de estómago. Terminal. Un año, tal vez menos. Salió a la calle con el diagnóstico doblado en el bolsillo del abrigo, mientras la Gran Vía rugía a su alrededor, ajena como siempre. Madrid seguía viva; él empezaba a morirse.No se lo dijo a nadie. Ni a su hijo, ni a sus compañeros, ni siquiera a Elena, la joven administrativa que aún lo trataba con un respeto casi anticuado. En vez de eso, una noche se dejó caer por Malasaña, como quien cruza una frontera sin pasaporte. Entró en una sala de fiestas de luces rojas y música ensordecedora, bebió whisky barato y escuchó historias de jóvenes que hablaban de la vida como si fuera eterna. Trasnochó, caminó al amanecer por calles recién lavadas, sin rumbo y sin explicaciones y, por primera vez en décadas, no tuvo que dar explicaciones.Durante un tiempo probó vidas ajenas: risas prestadas, madrugadas sin sentido, conversaciones intensas con gente que aún no sabía perder. Pero todo aquello era humo. Un paréntesis inútil. Al final, siempre regresaba la misma pregunta, seca y punzante: ¿y esto para qué?La respuesta llegó una mañana cualquiera, disfrazada de expediente olvidado. Un grupo de vecinos llevaba años pidiendo que se limpiara un solar infecto junto al Manzanares: un lodazal de aguas residuales, ratas y basura donde jugaban niños ajenos al riesgo. El expediente había pasado por media docena de mesas y siempre regresaba al punto de partida. Aquella vez, Antonio no lo devolvió. Lo abrió. Lo leyó. Y decidió que no.Empezó entonces una guerra pequeña y sucia contra la inercia municipal. Informes, reuniones interminables, favores antiguos cobrados sin levantar la voz. Aguantó sonrisas irónicas, silencios hostiles y advertencias envueltas en falsa prudencia. Pero Antonio ya no tenía prudencia que conservar. Tenía poco tiempo y una determinación nueva, áspera como el acero. Costó meses. Costó desgaste. Costó desprecio. Pero el proyecto, contra todo pronóstico, salió adelante. Logró que se firmaran permisos y que un buen día entraran las máquinas y empezaran a mover tierra. Donde antes había barro y podredumbre, empezó a crecer, como por ensalmo, un parque.El día de la inauguración no hubo discursos ni fotógrafos importantes. Solo columpios nuevos, bancos de madera y niños corriendo con una alegría limpia. Antonio observaba desde un banco, encogido en el abrigo, mientras el frío de enero se le metía en los huesos y una satisfacción tranquila —sin alboroto— se le acomodaba en el alma. Nadie sabía que aquel parque era su legado.Poco después, una noche silenciosa, regresó solo. Se sentó en un columpio y se balanceó despacio, tarareando una canción antigua que su mujer, Carmen, cantaba cuando el futuro aún parecía amplio. A lo lejos, Madrid seguía latiendo con su ruido habitual, indiferente y eterna.Antonio cerró los ojos. No estaba acompañado, pero tampoco solo. Había hecho algo que importaba. Y en esa certeza sencilla, casi humilde, encontró por fin la manera de vivir.
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