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miércoles, 7 de enero de 2026

Arquitectura de un amor fallido

Arquitectura de un amor fallido



Madrid siempre ha sido una ciudad propicia para los amores equivocados. Lo sabía Tomás Martín —arquitecto frustrado, redactor publicitario por pura necesidad y madrileño por desgaste— mientras caminaba por la Gran Vía con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de recuerdos que no pedían permiso para volver. En esta ciudad el pasado no se va: se sienta contigo a tomar café y te mira con una media sonrisa cargada de ironía.

Todo empezó un lunes. Los lunes nunca traen nada bueno. Ella apareció en la agencia como si no debiera explicaciones a nadie, con un vestido azul sin intención aparente y una sonrisa torcida que parecía diseñada para desarmar a hombres cansados. Se llamaba Lucía Gómez. Escuchaba a Los Planetas como quien guarda una verdad incómoda en el bolsillo interior de la chaqueta.

Tomás la vio cruzar la oficina, ajena al zumbido de teclados y a la resignación generalizada, y supo —como saben los ingenuos y los condenados— que aquella mujer iba a cambiarle la vida. No para mejor. Madrid no concede milagros sin factura.

Lucía no creía en el amor. O eso decía, sentada en un bar de Malasaña, con una cerveza a medio morir y la mirada perdida en un recuerdo que no compartía. El amor, según ella, era una invención cultural para vender canciones y justificar fracasos. Tomás asentía, porque discutir exige distancia y él ya estaba demasiado cerca.

Empezaron a verse sin nombre ni promesas. Paseaban por el Retiro hablando de películas que ninguno había entendido del todo, se colaban en cines de versión original y acababan la noche en bares donde el suelo pegajoso y las luces bajas invitaban a confundir la cercanía con el destino. Lucía tarareaba canciones indie. Tomás la observaba como se observa una ciudad al amanecer: con la certeza de que nunca será completamente tuya.

Los días se acumularon. Uno tras otro. Como vasos sin lavar. Tomás empezó a creer en algo parecido a la felicidad. Un error clásico. Lucía insistía en que no quería nada serio, pero se quedaba a dormir. Repetía que necesitaba su espacio, pero le cogía la mano al cruzar la calle. Madrid, siempre cómplice, parecía darles la razón: el cielo limpio de primavera, las terrazas llenas, esa sensación engañosa de que todo encaja.
Hasta que dejó de hacerlo.
No hubo gritos ni escenas memorables. Solo una conversación breve en un café de Lavapiés. Lucía removía el azúcar con gesto automático. Dijo que Tomás era maravilloso, que de verdad lo era, pero que no sentía «eso». Ese «eso» impreciso que nunca llega cuando debe. Tomás escuchó en silencio, como escuchan los hombres cuando entienden que han perdido pero aún no saben cuánto.

Después vino el derrumbe. Madrid siguió funcionando con su acostumbrada indiferencia. Semáforos, autobuses, gente con prisa. Tomás dejó de dibujar edificios imposibles y empezó a contar días. Diez. Cincuenta. Cien. Quinientos días desde que Lucía entró en su vida como una canción pegadiza y salió como un ruido persistente.
Idealizó el pasado, como hacen los cobardes. Recordó risas que no fueron tan limpias, besos que no prometían nada, silencios que ya anunciaban el final. La memoria es una mentirosa profesional y Tomás se dejó engañar.

El día quinientos uno —porque siempre hay un día después— acudió a una boda. Una de esas bodas madrileñas en fincas intercambiables, con discursos huecos y música sin alma. Allí estaba Lucía. Más serena. Acompañada. Le presentó a su prometido como quien enseña un piso recién reformado.
Tomás sonrió. Aprendió. Entendió que Lucía no era el amor de su vida, sino una lección. Que aquello no fue una historia de amor, sino una historia sobre el amor y sus trampas. Salió al exterior. Madrid olía a asfalto caliente y a verano anticipado. Encendió un cigarro, aunque había dejado de fumar. Madrid se lo perdonaría.
Por primera vez en quinientos días, no pensó en Lucía Gómez. Pensó en sí mismo. Y eso, en esta ciudad dura y hermosa, ya era una victoria modesta pero real.

 

Unas semanas después, la vida —que no es generosa, pero a veces es justa— le concedió una prórroga.
Tomás acudió a una entrevista para arquitecto sin demasiada fe. Tercer piso sin ascensor en Chamberí, paredes blancas y maquetas cubiertas de polvo. Arquitectura seria, de la que no promete nada. Esperaba en una silla incómoda cuando ella entró.
No conquistó el espacio. No hizo ruido. Vaqueros, camisa clara, el pelo recogido con desgana funcional. Se sentó frente a él y levantó la vista.
—¿Vienes para el estudio de arquitectura? —preguntó.
—Sí —respondió él. 
Se llamaba Camila Andrade. Habló de que hasta ahora había sido higienista pero esperaba trabajar de dentista si la aceptaban, él, que esperaba ser arquitecto de edificios pensados para vivir, no para presumir. Luego ella dijo que Madrid era dura, pero honesta. Tomás sonrió sin darse cuenta. No sintió el golpe. No hubo vértigo ni música de fondo. Solo calma. Y eso era nuevo.
Cuando le tocó pasar, Camila le deseó suerte. Sin necesidad de contacto. No hizo falta.
Al salir, Madrid seguía siendo Madrid: ruido, tráfico, vida. Camila esperaba el autobús. Se miraron. Sonrieron. Caminaron juntos un tramo hablando de planos imposibles y cafés malos. No prometieron nada. Madrid, vieja maestra, observaba en silencio.
Tomás Martín entendió entonces, cuando ella se alejaba en el autobús, que el amor no llega cuando uno lo persigue ni cuando lo necesita. Llega cuando ya no hace falta. Cuando uno está entero. Cuando deja de confundir ilusión con verdad.
Y supo que, si esta historia empezaba, no sería sobre quinientos días. Sería, simplemente, sobre el siguiente.

©Humberto 2026.

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