Vistas de página en total

sábado, 3 de enero de 2026

Historia de Nana en doce pasos


Historia de Nana en doce pasos


Madrid, 1973. En una pensión de Lavapiés, sobre una pared amarillenta y cuarteada por la humedad, alguien había escrito con lápiz una frase que parecía una broma privada o una amenaza: Hay que prestarse a los demás y darse a sí mismo. Nana la leyó sin detenerse demasiado. Tenía veintidós años y la costumbre de no mirar atrás más de lo imprescindible.
I

Se citó con Pablo en un bar de Atocha donde la máquina de petacos hacía más ruido que los clientes. Él ya estaba allí, con una cerveza sin espuma y el gesto cansado de quien sospecha que va a perder.
—Así que es definitivo —dijo Pablo, sin levantar la vista.
—Sí.
—¿Y el niño?
Nana dudó un segundo.
—El niño estará bien contigo.
Jugaron una partida en silencio. Cuando terminó, Pablo dejó la bola rodar inútilmente.
—No sabes hacer otra cosa que irte —dijo él.
—No sabes hacer otra cosa que quedarte —respondió ella.
Se separaron sin abrazos. Madrid rugía fuera como si nada importante hubiera ocurrido.
II

Nana encontró trabajo en una tienda de discos cerca de Gran Vía. Vinilos apilados, polvo antiguo y música que prometía una vida mejor que la real. Ganaba poco. Demasiado poco.
—¿No puedes adelantarme algo? —le preguntó a una compañera mientras hojeaban un libro de poemas.
—No soy un banco —respondió la otra, incómoda—. Además, cada uno tiene sus problemas.
Hablaron de literatura. De eso siempre se puede hablar cuando no hay dinero.
III

La casera no levantó la voz al echarla. No hizo falta.
—No es nada personal, chica. Pero aquí nadie vive del aire.
Al día siguiente, Nana se cruzó con Pablo cerca de un cine de barrio. Él llevaba un sobre en la mano.
—Son fotos del niño —dijo—. Por si… por si quieres tenerlas.
Nana las tomó.
—Gracias.
—¿Cenamos?
—No. Voy al cine.

Vio La pasión de Juana de Arco. Cuando Juana comprendió que iba a morir, Nana sintió que algo se le rompía dentro. Lloró sin disimulo. El hombre que la acompañaba no supo qué hacer.
Después, en un bar de Malasaña, un fotógrafo la observó como se observa una pieza interesante.
—Tienes cara de cine —le dijo—. Y cuerpo.
—Eso no basta.
—Basta para empezar.
Nana aceptó posar. No sonrió en ninguna foto.
IV

En la comisaría, el policía la miró de arriba abajo.
—¿Suele quedarse con hombres?
—A veces.
—¿Y mujeres?
—No.
El agente anotó algo.
—La gente se imagina cosas —dijo—. Y luego denuncia.
Nana salió a la calle con una certeza incómoda: ya estaba señalada.
V

En Montera observó a las otras mujeres. No parecían ni felices ni derrotadas. Solo prácticas.
—¿Te vienes? —le dijo un hombre, creyendo reconocer el uniforme invisible.
Nana lo siguió.
—Son cuatro mil —dijo ella.
El hombre pagó cinco.
—Quédate el cambio.
—No te da derecho a todo.
—Por ese precio, sí.
Nana cerró los ojos.
VI

Yvette la reconoció al instante.
—Mírate —dijo—. Nunca pensé verte aquí.
—La vida tiene mala puntería.

—Es triste, pero no soy responsable —añadió Yvette.
—Claro que lo eres. Yo también.
Raúl apareció como si siempre hubiera estado allí.
—Esta chica se ríe cuando la insultan —dijo—. Eso es bueno.
Cuando sonaron los tiros, nadie gritó. Nana salió corriendo.
VII

Tiempo después, Raúl volvió.
—Madrid no perdona a los ingenuos —le dijo—. Conmigo ganarás dinero.
—¿Y el precio?
Raúl sonrió.
—Siempre hay uno.
Nana aceptó. Dejó la tienda, dejó los discos, dejó la idea de ser actriz.
VIII

Raúl le explicó el oficio con voz de profesor cansado.
—No eliges clientes.
—¿Y si no quiero?
—Querer es un lujo.
Nana aprendió rápido.
IX

Una noche, en un bar, Nana bailó. Nadie la miró salvo un chico del billar.
—¿Fumas? —le preguntó él.
—Cuando no duermo.
Le compró tabaco. Nana pensó que aquello era casi ternura.
X

Un cliente quiso otra mujer. Luego quiso nada. Nana fumó sentada en la cama.
—¿Eso es todo? —preguntó ella.
—Eso es todo —respondió el silencio.
XI

Un anciano le habló de libros y de muerte.
—Porthos muere porque se detiene a pensar —dijo—. Pensar es peligroso.
—¿Y amar?
—El amor es una solución… si es verdad.
Nana lo creyó.
XII

El chico del billar leía a Poe.
—¿Te irías conmigo? —le preguntó Nana.
—Sí.
Cuando se lo dijo a Raúl, él negó despacio.
—No te vas a ningún sitio —dijo Raúl.
No alzó la voz. No hizo falta. Lo dijo como se dicen las cosas que no admiten réplica, con esa calma peligrosa de los hombres acostumbrados a decidir por otros. Nana lo miró un instante, buscando en su cara alguna grieta, alguna duda. No encontró nada.
—No puedes retenerme —dijo ella.
Raúl sonrió de lado.
—Claro que puedo.
Salieron a la calle acompañados de dos hombres. La noche madrileña estaba tranquila, casi respetuosa, como si ignorara lo que iba a ocurrir. Caminaron sin hablar. Los pasos resonaban demasiado fuertes. Nana pensó, por primera vez en mucho tiempo, que había llegado tarde a su propia huida.
En una calle estrecha, mal iluminada, Raúl se detuvo. Otro hombre los esperaba apoyado en un coche oscuro.
—Es buena —dijo Raúl—. No da problemas.
—Eso dicen todas —respondió el otro, escéptico.
Hablaron de dinero como quien habla del tiempo. Nana los observaba desde fuera de sí misma, con una claridad fría.
—Yo no me vendo —dijo de pronto.
Raúl se giró despacio.
—No hables ahora.
El otro hombre negó con la cabeza.
—Tiene ideas —dijo—. No la quiero.
El silencio se tensó. Raúl dio un paso adelante.
—No me hagas perder el tiempo.
—No me gustan las que piensan —respondió el hombre—. Luego pasa lo que pasa.
Nana dio un paso atrás. Fue un gesto mínimo, pero suficiente. Uno de los hombres se movió. Alguien sacó una pistola. No hubo heroísmo ni advertencias. Solo ruido.
Los disparos rompieron la noche como un portazo.
Nana cayó sin entender del todo. El golpe contra el asfalto fue seco. Sintió frío antes que dolor. Vio luces borrosas, sombras que se alejaban deprisa.
Raúl dijo algo que no llegó a oír.

Madrid siguió respirando. Un coche pasó al final de la calle. Alguien cerró una ventana. Nana quedó tendida sobre el asfalto, con los ojos abiertos, mirando un cielo que no prometía nada, como si todavía esperara una respuesta que ya no iba a llegar.


©Humberto 2026.

No hay comentarios:

Publicar un comentario