Cigarrillos, lluvia y pólizas
La silueta avanzaba por la calle de Alcalá como un borrón de tinta sobre un pergamino húmedo. Madrid, 1944, respiraba pesada, envuelta en mantillas de humo y carbón mojado. Las farolas amarillas, cansadas y temblorosas, iluminaban los adoquines como lágrimas secas; los cafés despedían aroma a café recalentado, pan duro y esperanza maltrecha. Los charcos reflejaban balcones, escaparates y transeúntes de paso, cargados con las bolsas de la cartilla de racionamiento. Sobre aquel escenario, un hombre avanzaba con muletas, abrigo oscuro y sombrero ladeado, marcando un compás desigual. Cada golpe de madera contra piedra parecía el latido de un corazón roto. Cuando la silueta ocupó toda la noche, el mundo se fundió en negro.Un Dodge del 38, negro y abollado, cruzó la calle sin respetar el semáforo, rozando una furgoneta del Ya. Frenó frente a un edificio gris, austero como los tiempos que corrían, con portero y ascensor de jaula. Del coche bajó Manuel Neira, agente de seguros, pálido y torcido por una herida que dolía más en la memoria que en la carne. El sereno lo miró con mezcla de curiosidad y respeto.—Vaya usted con cuidado, don Manuel. La calle está para resbalar —dijo el portero, un hombre enjuto que llevaba años viendo pasar miserias y pequeños milagros.—Ya, Miguel… y que no nos arruinen la noche, ¿verdad? —contestó Neira con una sonrisa que sabía a cansancio.Hablaron del frío, de la cartilla de racionamiento, de la vida que aprieta a todos. De lo esencial, nadie dijo palabra.En el duodécimo piso, la compañía Hispania Seguros mantenía su vigilia burocrática. Neira cerró la puerta del despacho con cuidado casi religioso, se dejó caer en la silla y encendió un cigarrillo Celtas, cuyo humo llenó la estancia de derrota y resignación. Colocó el cilindro en el dictáfono y habló, como quien recita un testamento:—Lo maté por dinero y por una mujer. Y no obtuve ni lo uno ni lo otro. Así se hacen las grandes fortunas del alma.Volvamos a mayo. Madrid empezaba a dorarse por las tardes. Chamartín era un remanso a medio camino entre campo y ciudad, con jardines secos, verjas de hierro y madreselvas que trepaban por los muros como recuerdos insistentes. Neira había ido a casa de don Ricardo Dávila para renovar el seguro del automóvil. No encontró al marido, solo a Pilar Dávila.Ella apareció en lo alto de la escalera, envuelta en bata clara, con el porte de quien sabe que un gesto basta para decidir destinos. Bajó después, ya vestida, y Neira vio el tobillo y la pulsera fina. Supo que estaba en el umbral de algo más grande que él.—Señor Neira —dijo Pilar, juguetona—, ¿por qué no me propone asegurar la vida de mi marido? Que uno nunca sabe, y en este Madrid se cuecen habas que ni el mejor olfato detecta.Neira tragó saliva. Era una rendija abierta al crimen, un gesto que olía a póliza y a muerte.—Imagínese —añadió ella—… un accidente en el tren, por ejemplo. Nadie se daría cuenta hasta que fuera tarde. Y todo quedaría en orden.Madrid aprobaba en silencio. Las calles mojadas reflejaban farolas y tejados como un testigo invisible. Los tranvías chirriaban por la Gran Vía, y en los cafés de la Puerta del Sol, viejos jugadores de dominó discutían sobre política y fútbol, mezclando tabaco rancio con café aguado.Neira comprendió que cada detalle debía cuadrar: la póliza, la firma, el viaje en tren, la maniobra final. Durante semanas, observó rutinas, memorizó horarios, evaluó rutas. Pilar, paciente y calculadora, lo esperaba siempre con un gesto medido y seguro. Madrid, con su humo, sus portones y sus patios de vecinos, se convirtió en aliado y juez a la vez. Los refranes de la ciudad flotaban en el aire: «Quien juega con fuego, se quema el bolsillo y el alma», «Más vale maña que fuerza, pero la fuerza bien aplicada no hace daño».Llegó la noche del viaje. Neira esperaba en el coche, abrigo cubriendo heridas, corazón latiendo más rápido que la lluvia sobre el capó. Don Ricardo subió al tren, ignorante de la póliza que le había condenado. Neira simuló un accidente: el coche salió de la curva, rozó el borde del puente y el cuerpo cayó donde la vía se fundía en sombras. Después, él se hizo pasar por el muerto y saltó al tren en marcha, dejando que la confusión hiciera el resto. Madrid, eterno testigo, guardaba silencio entre los adoquines brillantes y balcones mudos.Quirós, jefe de siniestros, comenzó a atar cabos. El suicidio no cuadraba: el tren iba despacio. Lola Dávila, la hija, habló de un vestido de luto comprado con antelación, de una muerte antigua que olía mal. Neira comprendió que la marioneta que había sido estaba a punto de romper los hilos.Fue a casa de Pilar para detener la rueda. Hablaron de huir, de separarse. Ella disparó primero; él respondió, herido y lúcido. El disparo quedó suspendido como un eco en la estancia, mientras la lluvia golpeaba los cristales con ritmo grave y definitivo. Madrid escuchaba. Los portones cerraban ecos; la madreselva persistía, testigo de la traición y del deseo.—Aquí se paga con la misma moneda, Pilar —dijo Neira, mientras el humo del cigarrillo se mezclaba con el de la pólvora—. Y a veces, quien mucho miente, acaba solo como un gato en la lluvia.De vuelta en la oficina, Neira completó la confesión. Colocó el dictáfono frente a él y habló con voz quebrada:—Nunca llegaré a la frontera —susurró.Quirós entró despacio, con la calma de los que saben que la verdad siempre llega tarde pero llega.—Ni al ascensor —dijo.—¿Sabe por qué no lo vio? —contestó Neira—. Porque lo tenía enfrente, justo delante de usted.—Más cerca que eso, Manuel —replicó Quirós.Neira se dejó caer en la silla. Quirós encendió el último cigarrillo como quien reza un responso. Afuera, Madrid seguía lloviendo, viejo y solemne, con su corazón de piedra y su alma de humo. La silueta con muletas avanzó hasta cubrirlo todo. Luego, se hizo la noche.
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