Vistas de página en total

miércoles, 7 de enero de 2026

Arquitectura de un amor fallido II

 

Arquitectura de un amor fallido II




Madrid le había enseñado a Camila Andrade que las historias importantes casi nunca empezaban donde uno creía. A veces ni siquiera empezaban. A veces solo continuaban.
Todo había comenzado al final.
Fue en una entrevista de trabajo, en una clínica dental del barrio de Chamberí, con olor a desinfectante caro y diplomas enmarcados como trofeos discretos. Camila había llegado diez minutos antes, como hacen quienes han cruzado un océano y aprendido que la puntualidad también es una forma de resistencia. Odontóloga. Venezolana. Treinta y pocos. El acento aún intacto, la paciencia algo erosionada.
En la sala de espera había un hombre sentado con una carpeta gastada, esperando para entrar en el estudio de arquitectura contiguo. No miraba el móvil. Miraba al suelo, como quien había aprendido a no esperar demasiado. Se llamaba Tomás Martín. Lo sabría después.

Habían hablado poco. Lo justo. Arquitecto, él. Dentista, ella. Dos profesiones serias para vidas que no siempre lo habían sido. No hubo chispazos ni promesas mudas. Solo una calma extraña, cómoda. Como cuando el ruido de fondo desaparece y no sabes por qué.
Salieron casi a la vez. Madrid seguía siendo Madrid: taxis, prisas, indiferencia. Caminaron juntos un par de calles. Se despidieron sin intercambiar números. No hacía falta. Camila pensó —con esa lucidez que solo llega después del cansancio— que, pasara lo que pasara, estaba bien así.

Y entonces la historia empezó a desandar el camino.
Porque antes de aquella entrevista habían existido quinientos días que no le pertenecían a Tomás, sino a ella.
Camila había llegado a España con un título universitario, una maleta honesta y una vida entera desmontada a golpes. Caracas había quedado atrás como quedan las casas que ya no se pueden habitar: con rabia, con amor, con una tristeza que no se quita. En Madrid había aprendido a homologar papeles, a sonreír menos y a trabajar de lo que fuera mientras esperaba ejercer de lo suyo.
Había sido en una clínica pequeña, empleada como higienista, cerca de Lavapiés, donde había conocido a Daniel.

Daniel era español, publicista, experto en decir lo adecuado en el momento exacto. Le hablaba de libertad, de no poner etiquetas, de vivir el presente como si fuera una virtud moral. A Camila aquello le había sonado moderno, europeo, tentador. Después de todo, venía de un país donde las certezas se habían ido cayendo una a una.
Daniel no creía en el amor. O eso decía. Decía que el amor era una idea caduca, una excusa para el control. Camila lo escuchaba mientras cerraba la clínica por las noches, pensando que quizá el amor era simplemente otra cosa allí, otro idioma que todavía no dominaba.

Salían por Malasaña. Bebían cerveza barata. Daniel le había enseñado canciones españolas que hablaban de derrotas hermosas. Camila le había mostrado nostalgia sin dramatismo envuelta en arepas arepas improvisadas. Se querían —o algo parecido— sin decirlo. Él se quedaba a dormir. Ella cocinaba para dos. Madrid, siempre cómplice, se encargaba del resto.
Camila había empezado a creer. Grave error, pero inevitable.

Los días se habían ido acumulando uno tras otro, como facturas sin pagar. Daniel seguía diciendo que no quería nada serio, pero se ponía celoso. Seguía defendiendo su independencia, pero la buscaba cuando el mundo se le hacía cuesta arriba. Camila había confundido la ambigüedad con profundidad. Otro error clásico.
La ruptura había sido limpia. Demasiado.
Un café en Lavapiés. Daniel removiendo el azúcar sin mirarla. Había dicho que Camila era increíble, que de verdad lo era, pero que no sentía «eso». Ese «eso» impreciso que siempre aparece cuando alguien quiere marcharse sin cargar con la culpa. Camila había asentido. Incluso había sonreído. Los inmigrantes aprenden pronto a no montar escenas.

Después había venido el silencio. Y el trabajo. Y la ciudad funcionando sin ella. Pero también había venido el cansancio, y con él una decisión silenciosa: refugiarse en el cuerpo cuando la cabeza ya no podía más.

Fue entonces que Camila a empezó a entrenar casi todos los días. Al principio sin convicción, solo por agotarse lo suficiente como para dormir sin pensar. Luego con método. Correr por Madrid Río, levantar peso en gimnasios anónimos, sudar la rabia, la nostalgia, el fracaso. El deporte no le dio respuestas, pero le dio algo mejor: orden. Un horario. Un límite. Un bálsamo discreto que no prometía nada y cumplía siempre.

Camila había contado los días. No porque quisiera, sino porque el cuerpo insiste en hacerlo. Diez. Cincuenta. Cien. Quinientos días desde que había creído que empezar de cero también incluía empezar bien.

Había idealizado el pasado, como hacen quienes están solos lejos de casa. Recordó risas que no habían sido tan francas, promesas que nunca existieron, señales que había decidido ignorar. Madrid no había tenido compasión. Nunca la tiene.

El día quinientos uno había ido a una boda. Una boda española, con discursos largos y emociones prefabricadas. Allí estaba Daniel. Tranquilo. Acompañado. Le había presentado a su prometida como quien enseña un proyecto terminado.

Camila había sonreído. Había aprendido. Había entendido que Daniel no había sido el amor de su vida, sino una frontera. Que aquello no había sido una historia de amor, sino una historia sobre aprender a estar sola sin perderse. Había salido al exterior. Madrid olía a verano y a distancia recorrida. No lloró. No hacía falta. Por primera vez desde que había llegado a España, no pensó en lo que había dejado atrás. Pensó en lo que había construido.

Y por eso, semanas después, en aquella sala de espera, pudo mirar a Tomás Martín sin urgencia, sin miedo, sin hambre emocional.
Madrid observaba. Siempre observa.
Caminaron juntos hasta la esquina, donde la ciudad obliga a decidir sin dramatismo: girar, cruzar, seguir. Hablaron de cosas pequeñas, de horarios absurdos, de cómo Madrid se empeña en parecer invivible justo cuando empieza a gustarte. No dijeron nada importante. No era necesario.
Cuando llegó el autobús, Camila subió sin mirar atrás de inmediato. Tomás se quedó en la acera, sin la sensación de pérdida ni de conquista. Se despidieron con una sonrisa breve, limpia.
Quizá no volverían a verse. Quizá sí.
Por primera vez, eso no era lo importante.

©Humberto 2026.


No hay comentarios:

Publicar un comentario