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viernes, 2 de enero de 2026

El jazmín en voz baja


El jazmín en voz baja



No llega como un regalo, sino como una visita tardía. El olor del jazmín te alcanza cuando ya no lo esperas, cuando creías haber cerrado —con torpeza y cansancio— la puerta de ciertas habitaciones interiores. No te devuelve la infancia: te muestra su ausencia.

Sientes que algo fue tuyo y no supiste guardarlo. No por negligencia, sino por esa confianza ingenua que cree que lo esencial no se pierde. Ahora entiendes que el tiempo no arrebata de golpe: desgasta en silencio.

No recuerdas escenas; recuerdas distancias. La que hay entre quien fuiste y quien aprendiste a ser. La que se abrió el día en que dejaste de mirar las tardes como promesas y empezaste a medirlas como residuos. Entonces no lo supiste, pero ahí comenzó una despedida que nunca formulaste.

Tu madre aparece sin rostro, hecha solo de cuidado. Tu padre, reducido a una gravedad que ya no encuentras en ninguna voz. No te reprochan nada. Y eso es lo que duele: que no haya acusación, que todo haya sido entregado sin condiciones.

Comprendes que has vivido acumulando gestos útiles y perdiendo los innecesarios, sin advertir que eran precisamente esos —los inútiles, los lentos, los gratuitos— los que te sostenían. El jazmín no te enseña un pasado mejor; te revela un empobrecimiento.

Y te descubres cansado, no del mundo, sino de ti mismo. De haber aceptado con demasiada docilidad la dureza, la prisa, la renuncia callada. No has sido infiel a nadie: has sido infiel a una forma más suave de estar vivo.

Cuando el olor se desvanece, no queda gratitud. Queda una lucidez triste, sin aspavientos. Sabes que no todo puede recuperarse, que algunas pérdidas no piden reparación, solo reconocimiento.

Sigues caminando, sí. Pero ahora sabes que llevas dentro un lugar al que no regresarás, y que su sola existencia —esa patria mínima y perdida— será desde ahora tu melancolía más fiel. Y no la rechazas. Porque en ella, al menos, todavía te reconoces.


 ©Humberto 2026.

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