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sábado, 17 de enero de 2026

La última carrera de servicio (reescritura)




 

Madrid, corazón de España; vieja villa regia crecida a la sombra de los Austrias y transformada con los siglos en un gigante desmesurado, ya muy lejos de la ribera humilde del Manzanares, río sin épica que no trae ni lleva más que sus propias aguas. Cuando cae la noche, Madrid no duerme del todo. Vista desde arriba es un cielo doméstico sembrado de luces. A diferencia de otras ciudades —que él conocería después— donde de noche no ocurre nada, allí ocurre siempre casi todo.

Aquella noche de agosto el calor era denso. Un viento tibio movía con desgana las hojas de los pocos árboles de un barrio de callejuelas estrechas y retorcidas. De los edificios salían voces, olores, discusiones domésticas que se colaban por las ventanillas del coche patrulla. La ciudad estaba despierta. Vigilante.

Acudieron —él y su compañera— a una llamada por una riña en plena calle. Serían las cuatro de la madrugada.

Ninguno era zetero por entonces. Él llevaba algunos meses en Judicial; ella llevaba años en Científica y antes había sido oficinista. Aquella noche patrullaban de prestado, por la escasez crónica de personal de un año en el que, tras el Concurso General de Méritos, casi nadie quiso venir y casi todos se marcharon de la capital. Tampoco eran nuevos: rondaban los ocho años de servicio, los suficientes para ir solos y para que algunos ya los considerasen veteranos.

En el caso de la compañera, sin embargo, las bajas, los partos, los cursos y cierta protección bien entendida la habían mantenido demasiado tiempo lejos de la calle. No tenía la escuela que promete la antigüedad. Aquella era una de sus primeras noches. Él, en cambio, ya había aprendido que el asfalto enseña rápido y sin contemplaciones.

Al llegar, el reparto fue evidente: cuatro implicados. De un lado, una pareja de toxicómanos; del otro, dos marroquíes. Y una furgoneta con la luna rota. Bastó un vistazo para recomponer la escena: bronca, forcejeo, un cristal hecho añicos. Indicó a su compañera que separase a los magrebíes mientras él se hacía cargo de los drogatas.

Pero aquello no se dejaba. La compañera no lograba imponerse y los ánimos volvían a subir.
—Agente, esos moros de mierda me han pegado.
—Mírame cuando hables.
—Sin hacerles nada. A mí. Que estoy enfermo.
—Cálmate.
—¡Que se vayan a su país!
Lo sujetó por la ropa.
—Hablas conmigo. No con ellos. ¿Qué ha pasado?
El tipo le escupió casi encima lo de que tenía la muñeca rota y que quería denunciar al más joven. Un cabronazo, dijo. Dicho por alguien con aquel aspecto, la historia empezó a olerle mal.
La compañera, superada, soltó la orden con un hilo de voz tenso:
—Os venís con nosotros.
El joven reaccionó al instante. Mirada alerta. Cuerpo en tensión.
—No papeles —dijo el otro, traduciendo—. Acaba de llegar.
Él pidió apoyo. Llegaron rápido. Y justo entonces todo se rompió. Los compañeros actuaron sin preguntas. Al mayor lo metieron en el coche. Al joven lo esposaron.
—Ponle tus esposas —le dijeron a la compañera—. Tenemos otro aviso.
Ella obedeció. Y en ese segundo, mientras él estaba de espaldas tomando datos y calmando a los drogatas, el joven echó a correr.
—¡Se escapa!
Salió tras él sin pensar. Confiando en una velocidad que ya no tenía. A los pocos metros supo que no lo alcanzaría. El chaval corría con algo más que piernas: corría con miedo.

Cometió tres errores. El peso del uniforme. El laberinto de callejuelas. Y el peor: quedarse solo, sin emisora ni respaldo.
Siguió por inercia, por orgullo o por esa fe mal entendida que a veces se confunde con el deber. Cada esquina agrandaba la distancia. El fugitivo se hacía más pequeño. El aire dejó de llegar.
Al doblar una esquina encontró la calle vacía. Estaba a punto de desistir cuando una vecina, asomada a la ventana, señaló un portal. Allí estaba. Pegado a la pared. Quieto.
Lo sujetó del brazo.
—Ven conmigo.
El joven lo miró. Miedo limpio. Sin rastro de culpa. En esos ojos había desierto, hambre, noches largas y ninguna confianza en la ley escrita.
—No pasa nada —dijo él—. Tranquilo.
Por un instante la calle fue otra cosa. Arena. Tiempo antiguo. El muchacho le besó las manos. Gratitud. Sumisión. Luego negó con la cabeza.
Echó a correr.
Él no lo siguió. No pudo. Y quizá tampoco quiso.
Cuando regresó, la compañera estaba pálida.
—Creí que te había pasado algo.
—No.
—Se me ha escapado.
—No podías hacer nada.
—¿Seguro?
—Seguro.

En comisaría habló con el marroquí mayor, Mohamed. Legal. Trabajaba en el Canal de Isabel II. Le contó lo que no figuraría en ningún atestado: el joven era paisano suyo, recién llegado, sin papeles ni idioma. Por una ley antigua —más vieja que los códigos— le había dado de comer y café y quiso llevarlo a dormir con otros compatriotas. En el camino, los drogatas le rompieron la luna del vehículo y el joven, nada más, se había enfrentado a ellos para devolver el favor.

Meses después coincidieron en el juicio. Los drogatas no aparecieron. Mohamed fue absuelto.
Tomaron café cerca de plaza de Castilla. Pagó él. No por generosidad. Por costumbre. Porque, incluso en una ciudad insomne y descreída, a veces aún se hace lo que se cree justo, aunque nadie lo pida y nadie lo aplauda.



©Humberto 2026.

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